Bloomsday

La ficción es una caja. Una caja que, como le sucede a Gustav Meyrink, lo tuerce todo en cuanto la colocas en un sitio, da igual si es sobre un armario, en la guantera del coche o encima del escritorio. «Todo en el escritorio, él mismo, la habitación entera con todo su orden natural, todo, absolutamente todo, me parece ahora torcido», masculla el protagonista de EL ÁNGEL DE LA VENTANA DE OCCIDENTE.


Esta mañana, camino a la Nau Ivanow, me he topado en el metro con uno de los personajes de la obra que estamos a punto de estrenar. El tipo en cuestión permanecía en el andén de enfrente y, como es habitual en él, proyectaba la voz contra el túnel hueco. Y es en este punto cuando recuerdo las palabras de Gustav Meyrink y sospecho, por primera vez en el día de hoy, que la realidad comienza a torcerse lentamente.


Por las calles del barrio de Sant Andreu se cruzan otros personajes buñuelescos. Dentro del container que arrastra esta monja imagino quizás un enano, o puede que una de las ovejas de EL ÁNGEL EXTERMINADOR. Una vez en el teatro, estudiamos, junto con Xavier Basiana, la cartelería de la obra. La ilustración de Jan Pisarik para TORNIQUET nos encanta. Xavier Basiana se queda un par de carteles, algunos programas de mano y unos cuantos flyers y se retira en silencio. El mismo silencio que respiran las paredes de este teatro. Las paredes de una caja.

A mediodía, un rápido paréntesis. Un café de un solo sorbo con un beletrista que aprecio enormemente y de quien intuyo que muy pronto se hablará de él y mucho. Regreso al teatro. El beletrista me ha confiado un manuscrito inédito. En la sala, dejo el texto al pie de las butacas, junto con todo lo demás, y de repente me giro y lo vuelvo a mirar y lo entiendo. Es un regalo. Uno de esos regalos que te da la vida. Y lo recojo del suelo y lo abrazo contra el pecho. En cuanto hayamos estrenado, lo leo. Tengo muchas ganas.


En los camerinos, Hibrid, Irma Samayoa y Ana Vivero convierten a Míriam Marcet y Gemma Martínez en personajes de ficción. El resultado del trabajo de nuestras tres moiras particulares, tanto en vestuario y atrezzo como en peluquería y maquillaje es espectacular. Tras sus ademanes, las actrices se desvanecen entre las múltiples mujeres que se manifiestan en la geografía de sus rasgos. Nos dirigimos al escenario. Las sigo hasta el escenario: uno ya no sabe si los reales somos nosotros o ellas.


En la escalera, nuestro Ángel de las Luces ultima la iluminación. La fuerza de sus brazos nos procura el cielo del teatro. En breve dará empiezo el ensayo general. Partiremos, como es costumbre, de la oscuridad. «Es wird so gleich sein das commencement von commencement», escribe Georg Büchner en WOYZECK. Debo confesar que echo en falta el típico telón rojo, pesado, que abra la ceremonia del teatro. Se trata de una nostalgia ficticia, pues en mis obras nunca he dispuesto de ningún telón y, a pesar de ello, lo añoro. La oscuridad, ese parpadeo en que me siento padre e hijo. Y los dedos de Alberto se deslizan sobre la mesa de luces y la escena se ilumina como si se entreviera el interior de una caja sellada durante milenios y una música muy suave acompaña las primeras palabras de las actrices que aparecen sentadas en la boca del escenario.

«The Zombie Company», dice Míriam...
«Proposa», dice Gemma...

TORNIQUET.


La ficción se abre.

Bloomsday 2009
Fotografías © The Zombie Company

3 Comentarios:

Portnoy dijo...

Gracias por tu interesante y peculiar colaboración.
Un saludo

pe-jota dijo...

A veces una verdad distorsionada es más verdad que lo que creemos que es la verdad.

Carlos Be dijo...

Estimado Portnoy, ¡muchas gracias a ti por la iniciativa!

Querido Pe-jota, ¿y qué distorsiona más la verdad, la realidad o la ficción?

¡Un abrazo a los dos!

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